Bajamares

 

 

En 2018, la novela Bajamares ganó el XIX Premio de Novela Corta «Diputación de Córdoba».

 

SINOPSIS

Roque Espino es un pequeño islote deshabitado rodeado de bajíos y de farallones como agujas que aparecen y desaparecen con las mareas. La navegación por sus aguas es una trampa mortal en la que han zozobrado muchas embarcaciones.

El islote necesita de un farero para prevenir los naufragios, pero nadie quiere ese trabajo. En el Roque solo hay arena y rocas, lagartos, el cementerio donde se han ido enterrando los marineros muertos que a lo largo de la historia han ido dejando las bajamares, y soledad.

Un joven decide solicitar el puesto y pasa allí toda su vida sin volver jamás a tierra firme. Solo se relaciona con el barquero que le trae las provisiones, y con su «otro yo» que descubre ―o que intuye― en su interior.

Para no perder el lenguaje, encarga a tierra firme un gran diccionario enciclopédico ilustrado cuyos tomos estudia durante toda su vida. La enciclopedia es su único vínculo con el resto del mundo.

 

 

PRÓLOGO

Puntos cardinales

1

«Todo pirata vivo contiene un caballero muerto en su abismo más diabólico», dice un verso de Francisco Ferrer Lerín en su Libro de la confusión. Sobre la muerte habla Bajamares, y sobre el tiempo que conduce hasta ella, y sobre las muchas posibilidades que se abren ante cada individuo a lo largo de una existencia; posibilidades que uno puede explorar o no, atravesar o no, aunque igualmente llegará el final. Bajamares arranca con una imagen notable (luego vendrán otras), la de dos lomos de un mero que se abren como párpados para descubrir en su interior un ojo muerto, y acaba con la inmersión de la vida en un vientre seco: un juego de espejos asimétricos entre dos extremos separados por una «sucesión de mareas» y el ritmo lento de las revelaciones que va imprimiendo Antonio Tocornal.

2

«En su abismo más diabólico». Hay un abismo o varios, no necesariamente infernales, delimitando los contornos de la historia que explica esta novela. En su centro exacto, hay un abismo soñado que conduce al otro lado del mundo, donde espera paciente el doble de cada uno de nosotros. El lector de Bajamares sueña que recuerda a un hombre que no recuerda sus propios sueños (salvo uno, abismático). El precario estatuto de realidad de semejante pirueta impone una estructura sofisticada al libro, que se ramifica en la voz del protagonista, farero solitario en una isla deshabitada; la voz de un narrador omnisciente; la voz del barquero, que es el único ser humano en contacto con el farero; una sucesión de documentos oficiales que anclan la parábola en el mundo; y el lamento imposible de una madre muerta. No hay nada de caprichoso en esa pluralidad. Necesitamos acudir a los archivos municipales en busca de la constancia burocrática del suceso, o que nos lo cuente un hombre cuerdo, un hombre «realista», o que la autoridad tranquilizadora de la tercera persona acuda en nuestro auxilio, todo ello para confirmar que de verdad existió ese farero que orinaba y defecaba y comía lagartos y nunca hablaba con nadie. Por supuesto, estoy hablando de que existió en el universo autosuficiente de estas páginas; hablo de cómo una ficción logra dejar de serlo sin dejar de parecer alucinada. El lugar extraño al que nos conduce Bajamares es ambiguo, legendario, atravesado por secretos y silencios. La novela no solo transcurre en una isla sino que es, tal vez, una isla.

3

Roque Espino, islote cercano al municipio de Malamuerte, está poblado por millones de lagartos que lo recorren como una alfombra mágica desplazándose a ras de suelo, y acoge un cementerio consagrado a los marineros, piratas o soldados foráneos que murieron en su costa por culpa de una mala mar. Al vecino de Antonio Tocornal en Mallorca, este paisaje, su mitología y su atmósfera le resultan familiares, aunque no creo que merezca la pena indagar cuánto le debe la ficción a Dragonera o a Cabrera. A decir verdad, todas las islas se parecen en algún extremo; y los islotes, más. Tocornal lo escribe así: «Una isla no es una cárcel como la percibe la gente de tierra firme; es lo contrario: el insoportable encierro del revés, donde cada punto cardinal oculta una posibilidad». Ya he escrito en otras partes que mi verso favorito es este de Vicente Huidobro, «Los cuatro puntos cardinales son tres: el sur y el norte». Es divertido y perturbador, y pudieron haberlo escrito indistintamente Kierkegaard o Einstein. Ahora pienso que también podría escribirlo o citarlo el narrador de Bajamares, para recordar al lector que todas las posibilidades, esas posibilidades que el farero desea mantener abiertas a fuerza de no atravesarlas o de enterrarlas como la perrita de Tocornal hace con los huesos que le regalan, se resumen al fin en dos: estar vivo, morir. Si la muerte es una certeza, cómo morir, cómo ritualizar la propia muerte, es la pregunta que atraviesa las excelentes páginas finales de este libro, que algunos vincularán a la fábula de Jonás de un modo inexacto: Jonás era un profeta en fuga, mientras que el farero nunca huye y solo adquiere un estatus levemente profético con su última decisión, alejadísima de cualquier intento de fuga. La isla, pues, es un destino. La isla contiene, sobre todo, «soledad y silencio». ¿Detectamos de pronto una sombra autoconfesional en Bajamares?

4

Lo pregunto porque Antonio Tocornal una vez fue gaditano, luego fue parisino, y finalmente recaló en Mallorca para convertirse en algo sospechosamente parecido a un ermitaño, o a un farero desentendido del ruido. Tocornal vive en Son Servera, periferia de la periferia, y vive bien; quiero decir que lee y escribe y pasea a su perrita, llamada Rumba. Solo conozco este tercer dato porque lo cuenta en su anterior novela, La noche en que pude haber visto tocar a Dizzy Gillespie. Es allí donde explica que Rumba esconde los huesos que le regala su dueño, tal vez porque prefiere que persistan como posibilidad a que se agoten en un instante. Aquella novela recreaba los años ochenta en París, y también parecía soñada aunque hablara desde la memoria: Tocornal recordaba a alguien que soñaba, y ese alguien era él mismo treinta años antes, es decir, al otro lado del mundo. Son dos novelas que parecen muy diferentes, pero no lo son tanto: esto confirma que Tocornal no solo escribe, sino que es escritor. ¿Nuestro escritor sueña cuando escribe, o es soñado cuando escribe? «Who is the dreamer?», pregunta Monica Bellucci desde un café de París en Twin Peaks: The Return.

5

Déjenme citar un fragmento de Bajamares, aunque esto sea el prólogo y corra el riesgo de parecer un destripador. Considérenlo un teaser. El fragmento es el siguiente: «De una isla pequeña no existen mapas. ¿Para qué? […] El mapa lo trazan cada mañana mis pies en la arena. Un mapa efímero que dura lo que el viento tarda en borrar las huellas […] El mapa lo cambia el viento, y la marea, y las estaciones, y la lluvia, y la noche. Pero también la memoria y las intenciones». En La noche en que pude haber visto tocar a Dizzy Gillespie, su joven protagonista cartografía el cuerpo de una amante; lunares, imperfecciones, puntos, pecas. Luego, enmarca la acuarela resultante y la cuelga en su estudio durante años, hasta que esa visión se vuelve dolorosa, porque le lleva a buscar «un camino que ya no existía, que ya se había borrado». Vista así, la obra de Tocornal se nos aparece como el recuento de una inteligencia en marcha, la crónica de la fundación de un modo de estar en el mundo, una revuelta en el tiempo contra la voluntad de posesión, conquista, identidad, ego. El relato de un desprendimiento.

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En Bajamares, ese relato cuaja en forma de imágenes o metáforas magníficas. Busquen o reconozcan, por ejemplo, las siguientes: una semilla de limón en el interior de una fosa nasal; una piedra memorizada durante décadas; un cangrejo ornamentado. Y por encima de todas las demás, están las palabras: leídas en una enciclopedia, talladas en madera u olvidadas. Las palabras configuran la isla, el individuo, la trama sutil pero eficaz que le da definitiva forma novelesca al libro. «Estoy a mitad de camino entre el hombre y el fósil», piensa el farero. El sur y el norte. Bajamares está a mitad de camino entre lo soñado y lo recordado, la posibilidad y la certeza, instalada en un abismo que tiene el nombre, siempre incierto, de Literatura.

 

Josep Maria Nadal Suau

 

 

PRIMER CAPÍTULO

[Voz del guardafaros – 1]

 

Cada noche, antes de echarme a dormir, me cuelgo alrededor del cuello el ojo que nunca duerme; el ojo sin párpados, el vigilante.

Es la prótesis de vidrio de un náufrago; el ojo muerto de un marinero muerto que encontré hace más de cincuenta años en el estómago de un mero, cuando aún podía capturar peces más grandes que yo.

Tuve que malbaratar veinte kilos de carne de pescado de primera, abandonarlos a la avidez de los malditos lagartos y de las gaviotas y los cangrejos, porque yo no puedo alimentarme de un pez que haya hurgado antes en las entrañas de otro ser humano, que haya comido su lengua, sorbido sus vísceras, mordisqueado las puntas de sus dedos y sus genitales, tragado su ojo de cristal como si fuese un huevo de tortuga.

Ignoro cuántas veces lo habré hecho sin saberlo. Tal vez miles; seguro que miles, porque los fondos que circundan el Roque son trampas que están llenas de cadáveres, de náufragos ahogados de todas las épocas y de todas las latitudes.

No puedo saber cuántos años pasó en la negrura del estómago de aquel viejo pez. Cuando le abrí la barriga con la navaja y separé los lomos como dos párpados muertos, el ojo desnudo me miró por primera vez desde la maraña de intestinos sanguinolentos. Me observó con su pupila asombrada y dura, su pupila azul de la Mar del Norte o puede que del Báltico.

No ha dejado de mirarme desde entonces. Sin juzgarme; siempre la misma mirada escrutadora y neutra. Cada noche, mientras duermo, me observa dormir desde el lado pertinaz de la vigilia, desde las antípodas de mi sueño.

Saqué el ojo del náufrago tuerto del vientre de aquel pez como quien extrae una perla del interior de una ostra de sangre o del útero de una madre muerta y lo enjuagué en un charco con agua de mar donde quedó un pequeño remolino de filamentos rojos. Lo engarcé con alambres y lo sujeté a un cordoncillo de cuero que fabriqué curtiendo una tira del pellejo de una raya.

Al despertar me lo quito; antes de que el sol despunte y antes de apagar el faro. Lo saco por encima de mi cabeza y, cuando pasa por delante de mis ojos, me echa un último vistazo sin inmutarse.

Luego lo guardo en una bolsa de tela que cuelgo de un clavo hasta la noche.

Para darle tregua.

 

CÓMO CONSEGUIR UN EJEMPLAR

Debido a las circunstancias sanitarias actuales y ante la imposibilidad de hacer la promoción correspondiente, hemos decidido retrasar la distribución de Bajamares en librerías hasta que la situación lo permita. En su debido momento informaremos sobre la disponibilidad así como el calendario de presentaciones.

Sin embargo, como solución transitoria, si alguien está sin lectura y no puede esperar, la puede encontrar en este enlace de Amazon. Si quiere un ejemplar firmado, me lo puede pedir a este correo electrónico: tocornalantonio@gmail.com

 

 

NOTICIAS, ENTREVISTAS Y RESEÑAS

 

 

13/12/2018

Ver noticia de la premiación.

 

02/04/2020

Desde la sección de cultura del Última Hora, el diario de mayor tirada de Baleares, se enteraron de que ‘Bajamares’ salía pero no salía, así que me llamaron para que les hablase sobre ello.

 

09/04/2020

Reseña de Fuensanta Niñirola en la revista digital El placer de la lectura.

 

27/04/2020

Noticia de la publicación de Diario de Cádiz

28/04/2020

Reseña de Vicente Marco en su blog personal

 

20/04/2020

Reseña de Mauro Barea en su blog personal

 

02/05/2020

Entrevista con Cristina Bugallo y Josep María Nadal Suau en el programa “La gran vida”, de IB3 Radio.

 

11/05/2020

Reseña de José Quesada Moreno en Culturama.

 

14/05/2020

Reseña publicada en El Ideal de Granada y reproducida en el blog Lejos de Ítaca, de José Vicente Pascual.

 

02/06/2020

Videoreseña de Marta Querol en su canal personal.

 

06/06/2020

Reseña de Rosa García Gasco en Moon Magazine.

 

27/06/2020

Reseña de Manuel Gahete en El Ideal